"Me encontré con él por vez primera en El Pireo. Había bajado yo al puerto para embarcarme con destino a Creta. Era un amanecer lluvioso. Soplaba fuertemente el siroco; hasta el cafetín portuario llegaban las salpicaduras del oleaje. Las puertas vidrieras estaban cerradas, el local olía a emanaciones humanas y a infusión de salvia. Afuera hacía frío; el aliento empañaba los vidrios."
No sabría decir en qué momento entró o si tal vez había estado confundido entre los pocos parroquianos.
Se sentó frente a mí sin pedir permiso.
-Va usted a Creta -dijo, sin preámbulos y apenas en un susurro.
Le miré con los ojos abiertos por la sorpresa mientras él más que sonreír, semejó su gesto el de alguien que confirma una sospecha.
-No todos los que parten llegan -añadió-. Y no todos los que llegan son los mismos que zarparon.
Pedí un café para disimular mi incomodidad. Sus manos, apoyadas sobre la mesa, estaban marcadas por demasiadas marcas de cicatrices finas.
-Nos conocemos?- pregunté al fin.
-Aún no -respondió-.
Afuera, una ráfaga de viento hizo vibrar peligrosamente el vidrio de la ventana.
-Escuche con atención -continuó. Cuando esté en alta mar y la noche sea oscura, no responda si escucha su nombre.
Solté una risa breve y nerviosa.
-Y por qué habría de…?
-Porque entonces ya será demasiado tarde.
En ese mismo momento el silbato del barco resonó en el puerto e, instintivamente, miré por la ventana; cuando volví la vista hacia él, la silla estaba vacía.
Únicamente resonaba en mi cabeza el eco de su advertencia. Sobre la mesa, una pequeña moneda ennegrecida que no recordaba haber visto antes.
Uau!
ResponderEliminarEmpolgante, instigante e cheio de um mistério que faz o enredo ficar perfeito! Parabéns, adorei!
abraços e uma semana bem linda! chica
Qué misterioso, desde luego; por si las moscas, yo le haría caso y, si alguien me nombrara, vamos, no echo ni la cabeza para atrás...
ResponderEliminarUna buena historia que, de seguir, nos tendrías pegados a ella. Un besote.