Soy el detective Vargas, camino con el cuello del abrigo levantado y el humo de mi cigarrillo dibuja espirales de derrota.
Las pistas ya no me confunden, aunque me lleven de oficinas elegantes a callejones donde los matones sonríen, porque ambas trabajan para el mismo hombre, capaz de comprar empresas de día y voluntades de noche. El capitalismo ha construido un reino donde las acciones en bolsa y el contrabando compartían la misma mesa.
Cuando llego al ático del magnate, encuentro el despacho vacío con cuatro puntos de interés: un cenicero repleto de colillas aún humeantes, la ventana abierta, un sobre con mi nombre y una suma imposible de rechazar.
Resuelvo el caso fácilmente porque el misterio no está en quién comete los crímenes, sino en lo poco que cuesta convertir a un hombre honesto en cómplice.
No hay comentarios:
Publicar un comentario