Trabajaba en la comisaría del barrio un detective con tres grandes talentos: sabía observar, deducía a gran velocidad y se equivocaba a la misma velocidad.
Todo comenzó a las 9:12 de la mañana, cuando la dueña de la pastelería LA DULCE ESPERA entró gritando en comisaría:
—¡Inspector! ¡Ha desaparecido el pastel más caro de mi vitrina!
—Cuál? —preguntó el inspector sacando su libreta. "Todo hay que anotarlo que luego se olvida", era su frase favorita.
—¡El pastel imperial de pistacho y frambuesa! ¡Doce capas! ¡Tres días de trabajo!
El inspector se acercó a la pastelería y miró la vitrina desde afuera y desde dentro. Nada, ni cristales rotos, ni cerraduras forzadas, ni huellas. Quedó anotado inmediatamente.
—Interesante —murmuró—. Parece ser que el ladrón, o era elegante o estaba hambriento.
En la escena del robo había en ese momento tres sospechosos. El inspector anotó rápidamente en su libreta:
-
Don Ernesto, cliente habitual, de bigote perfecto y una cucharita sospechosa en la mano izquierda.
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Clara, la ayudante de la pastelería, con harina en las manos y un delantal almidonado.
-
Gato gordo dormitando cerca de la caja registradora.
Interrogó primero a Don Ernesto mientras apoyaba la libretita en el mostrador.
—¿Dónde estaba usted hoy a las ocho y media?
—Aquí... en el mostrador.
—¿Con esa cucharita?
—Es para el café.
—Curioso porque no veo ningún café.
Don Ernesto tragó saliva pensando que todavía no se lo habían servido.
Luego habló con Clara.
—¿Alguien además de usted tiene llave de la pastelería?
—Solo la jefa y yo.
—¿Y el gato?
—El gato no tiene bolsillos.
Rivas anotó meticulosamente “Gato: sin bolsillos. Sospechoso moderado.”
Mientras terminaba de anotar, el gato bostezó, se estiró, se levantó y caminó lentamente por el mostrador dejando caer algo al suelo.
Una frambuesa aplastada.
El inspector se agachó.
—Ajá…
Todos contuvieron la respiración.
El detective miró la frambuesa, luego al gato, luego a Ernesto, luego a Clara, luego a la dueña y luego al techo.
—Tengo la solución —dijo.
—Quién fue? —preguntaron todos a la vez.
El inspector cerró su libreta con dramatismo.
—Eso… es lo verdaderamente misterioso. La
Gobernó un silencio incómodo.
El gato volvió a su posición de dormitar mientras se relamía el bigote pringado de migas verdes de crema de pistacho que nadie había visto.
El informe oficial quedó así:
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