En realidad todos tenemos un poco de marcianos o diabólicos, somos todos propietarios de dos caras...
Valora mi trabajo...
En realidad todos tenemos un poco de marcianos o diabólicos, somos todos propietarios de dos caras...
FRASE: "Alega demencia..."
En los juicios de Núremberg alegaron confusión mental y pérdida de memoria...
El mafioso paseó en pijama balbuceando por la calle para fingir locura...
Mató a una niña de 15 años porque el diablo le obligó ...
Estafadores de guante blanco manifiestan deterioro cognitivo repentino...
El dictador tenía demencia subcortical...
Asesinó a doce mujeres por un trastorno de identidad asociativo...
Tras decenas de robos con violencia extrema tuvo una regresión infantil...
La víctima estaba "cuerda" y me donó su fortuna...
Nuestro país, al igual que muchos otros se está quemando...
LUCIDEZ MENTAL Y FALTA DE REMORDIMIENTOS: saben lo que hacen, entienden las reglas de la sociedad y quieren evitar el castigo. ORDEN Y LÓGICA: diferencian el bien del mal y conocen las leyes.
La imagen superior es de mi provincia hace seis horas...
No me gustan las frases célebres porque a menudo se recortan, se viralizan y su significado original se altera por completo, distorsionando el mensaje real de quienes las pronunciaron o escribieron.
Por ejemplo, la famosa frase "yo soy yo y mis circunstancias" que José Ortega y Gasset anotó en 1914 en Meditaciones del Quijote y que se aplica sin remordimientos... Para empezar falta la mitad y es singular... «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo», lo que significa que mi interior, mis decisiones y mi esencia son un ente inseparable de mi época, mi cultura y mi entorno social y geográfico, y que por ello, para encontrarme a mi mismo y prosperar en cualquier aspecto de la vida, debo transformar activamente el mundo que me rodea. Simple y evidente.
Y así, veo todas las demás, no puedo evitarlo... Evidentemente, no es más que un punto de vista.
Era una buena mujer, de sonrisa abierta, capaz de consolar y atenta oyente. Era el ángel del barrio. Cada noche sin falta encendía una vela y pensaba serenamente en cada vecino afligido.
Recién amanecía un día de otoño cuando la mujer falleció. Con una sonrisa extraña y su último aliento, cientos de susurros escaparon de su cabeza y se deslizaron a cada hogar como conociendo uno a uno su destino.
Nadie murió ese día, pero cuando los vecinos salieron de casa a retomar las tareas diarias... todos sonreían igual que ella. Dicen que las voces no mataron a sus víctimas, las convirtieron en su próxima prisión preparándolas para tomar nuevas almas. Y es que... todos los favores, todos los consuelos se pagan. No era un ángel...
La verja permanecía cerrada tantas décadas que ella misma había olvidado el color de su hierro. La hiedra la abrazaba y cubría unos arabescos que doña Elvira todavía contemplaba, en su alejada casa vecina, desde la ventana de su salón.
Ya ni recordaba a su dueño, ni el momento en que partió sin dejar noticia de su destino. Las gentes del lugar atribuían al lugar: tesoros, toda suerte de misterios e incluso alguna desgracia que convenía no despertar.
Una mañana oscura de noviembre llegó al pueblo un caballero de aspecto fatigado, con levita oscura, bastón de nogal y un maletín negro de piel.
Preguntó con voz cortés a los vecinos por la casa tras la verja, la respuesta fue un levantamiento de hombros general. La última casa fue la de doña Elvira.
La dama escuchó tranquila y el visitante le mostró una carta amarillenta y sobada escrita por el antiguo propietario de la finca hacia muchos años. En letra cursiva y cuidada hablaba de una promesa: "Regresaré cuando la fortuna me permita restituir el agravio."
- Ese hombre era mi padre -dijo el caballero-. Yo cumpliré su palabra.
Al caer la tarde se dirigieron a la verja. El desconocido buscó en el bolsillo de su levita y sacó una pequeña llave de plata negruzca. La introdujo en la cerradura y el mecanismo gimió.
La verja se abrió.
No había tesoros ni espectros al otro lado. Solo un jardín olvidado, en cuyo centro se alzaba una sencilla lápida. El caballero se descubrió la cabeza y permaneció largo rato en silencio. Doña Elvira le tomó la mano, dándole a entender que algunas puertas no guardan secretos, sino que se cierran para conservar recuerdos. Y mientras el sol de noviembre doraba las ramas desnudas, la vieja verja se reconcilió.