Hablaban de caridad, tolerancia y nostalgia llenándose la boca y dejándola almibarada. Eran palabras frecuentes en discursos, homilías y conversaciones de sobremesa.
Ha fallecido hoy Juan, mendigo de la plaza, el alcalde habla sobre la dignidad humana. El cura pide caridad. Los vecinos recuerdan con nostalgia unos imaginarios buenos tiempos en que nadie pasaba hambre.
Después del entierro, la cantina se llena y se vuelven a llenar la boca mientras escuchan, con una ceja medio levantada y sin dejar de masticar, a la mujer que ha encontrado el cadáver. Se lamenta de tener graves dificultades para sacar adelante y sola a sus tres hijos mientras trata de contener impotencia y lágrimas. El alcalde le explica con una gamba a medio masticar que los presupuestos están ya cerrados. El cura le promete, después de un buen trago de vino, rezar por ellos. Los vecinos lamentan en general su desgracia unos segundos y siguen con la conversación anterior.
La misma noche todos duermen tranquilos. No tienen nada que reprocharse, han hablado del hambre, lamentado la pobreza y llorado al muerto. El pueblo es profundamente humano y lo demuestra cada vez que alguien sufre lo suficiente como para darles la oportunidad de sentirse buenas personas.





