En el gran taller de Rubens, el olor a linaza y pigmentos llenaba el aire desde el amanecer. Varios ayudantes trabajaban alrededor de un enorme lienzo destinado a un noble de Amberes.
Uno de ellos, Pieter, encargado esta nueva etapa de pintar parte del paisaje, era joven, brillante y con ganas de aprender, pero también muy impaciente.
Cuando Rubens entró en la sala, se detuvo frente al cuadro.
- Quién ha pintado estos árboles?
Pieter levantó la mano con orgullo.
- Yo, maestro.
Rubens guardó silencio, se acercó al lienzo, entrecerró los ojos y señaló una de las ramas.
- Y qué es esto?
- Una rama, maestro.
- Puedo reconocerla -respondió irónicamente Rubens-, pero no entiendo porqué está clavada en el cielo.
Los demás asistentes trataron de ocultar la risa sin lograrlo demasiado.
Pieter enrojeció.
- Pensé que daría más profundidad al paisaje.
Rubens tomó un pincel del revés y señaló las tres figuras del primer plano, sin importale mancharse mano y manga con el óleo.
- La profundidad se consigue haciendo que cada cosa forme parte de un mismo mundo. Mira las figuras y la luz sobre sus rostros. Después mira tus árboles.
Pieter obedeció y comprendió lo que el maestro quería decir. Sus árboles parecían pertenecer a otro cuadro.
Rubens le puso una mano en el hombro.
- Tienes buena mano, muchacho. Pero no paciencia...
Pieter asintió y su mente se dispuso a corregirlo.
Rubens caminó hacia el otro extremo del taller y añadió, sin volverse:
- La próxima vez, corrígelo antes de que tenga que verlo yo.
Los asistentes rieron sin contenerse y Pieter sonrió. Había sido regañado por Rubens, pero aquella reprimenda valía más que cualquier elogio, porque pintar para Rubens no consistía solamente en saber manejar un pincel si no en aprender a observar sin límites.