Si el café le salía perfecto, era por casualidad. Si el vecino le sonreía al saludar, seguramente tenía un buen día. Si el trabajo le salía bordado, porque no era mucho o era demasiado fácil.
La persona gris que él veía en el espejo, no era tal; ahí reflejaba, ciertamente, un gran arquitecto de maravillas cotidianas.
Porque todos brillamos, hasta el café...
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