La cocina, una vitrocerámica de marca dudosa, llevaba tiempo ofendida. Y cuando se irritaba echaba literalmente humo.
- Otra tortilla quemada y dimito- gruñó una mañana lanzando una nube de humo negra y maloliente.
Juan dejó caer el tenedor.
- Has… hablado?
- No, ha sido el extractor recitando poesía -respondió la cocina. Claro que he hablado. Llevo siete años soportando tu espantoso arte culinario.
Raúl miró alrededor buscando cámaras ocultas y dedujo que estaba soñando.
La cocina soltó otra nubecita de humo negro por puro dramatismo, se sintió ignorada.
Desde entonces, la convivencia entre ambos se volvió complicada. Cada vez que Raúl trataba de cocinar, ella soltaba un comentario cortante.
Si hervía salchichas:
- Qué triste concepto el tuyo sobre gastronomía...
Si abría una lata:
- El “chef” se va a lucir hoy...
Si pedía comida a domicilio:
- No te cansarás con tanto esfuerzo...
Un domingo, Raúl invitó a cenar a una amiga y después de buscar una receta en internet, le dijo amenazante mientras la señalaba con el índice:
- Y no se te ocurra fallarme.
Rosa llegó puntual, le abrazó y entró en la cocina.
- Me encanta cocinar - dijo sonriendo al ver la cocina tan revuelta.
La vitrocerámica se iluminó emocionada.
- En serio? Qué sabes preparar?
Rosa se quedó helada.
- Ha sido la cocina… acaba de hablar?
- Sí -dijo Raúl con voz y postura resignadas-. Y juzga muchísimo.
Rosa no sé asustó, se acercó sonriente, la acarició y le respondió:
-Es maravilloso. Mi tostadora solo insulta.
La cocina emitió un pequeño “oh” y un poco de humo rosado.
Por primera vez en años, alguien cocinó rico, limpió sus manchas con cariño y hasta le sacó brillo. Estaba tan emocionada que comenzó a echar humo desesperadamente.
-¡Se está quemando! —gritó Raúl.
- No, alelado -dijo la cocina con voz temblorosa-. Estoy… conmovida.
Así fue como Raúl perdió protagonismo en su propia relación, porque Rosa iba a visitarle no por él, sino para hablar de recetas con la parlanchina y feliz vitrocerámica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario