De la cantina salió un hombre con el sombrero y el revolver bajos.
Otro esperaba sobre el caballo cansado, con la mano cerca del cinto.
La polvareda espesa flotaba en el aire y desdibujaba las imágenes. El sol era abrasador pero el hombre bajó el porche y pisó la ardiente calle.
Ni tres segundos pasaron, Manuel disparó, tenía prisa por terminar y volver a la sombra del interior del bar. Los tiros fueron devueltos, astillas y más polvo cubrieron la escena.
Mientras los últimos disparos todavía resonaban en la calle, ningún sonido de cuerpo desplomado.
- Baja del caballo, Sebastián, si estás vivo.
Sebastián había desaparecido aprovechando la polvareda y el ruido.
- Ya volverás, el desierto de Almería siempre impone su ley.
El relato es una chorrada pero el café ha salido bueno... :))
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