Era una buena mujer, de sonrisa abierta, capaz de consolar y atenta oyente. Era el ángel del barrio. Cada noche sin falta encendía una vela y pensaba serenamente en cada vecino afligido.
Recién amanecía un día de otoño cuando la mujer falleció. Con una sonrisa y su último aliento, cientos de susurros escaparon de su cabeza y se deslizaron a cada hogar como conociendo uno a uno su destino.
Nadie murió ese día, pero cuando los vecinos salieron de casa a retomar las tareas diarias... todos sonreían igual que ella. Dicen que las voces no mataron a sus víctimas, las convirtieron en su próxima prisión.
Café con cariño, susurros y velas....
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Muito linda tua escrita e participação! Um sorriso transforma e acaricia coraçõews sofridos ou não! abraços, chica
ResponderEliminarMientras tomo el cafecito a la luz de las velas leo tu historia, una mujer compasiva que sin dudas partió feliz, dejando una sonrisa entre quienes ayudó.
ResponderEliminarBonita historia, muchas gracias por participar de nuestra propuesta, un abrazo.
PATRICIA F.